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El son no se irá de Cuba, pero depende de nosotros

Publicación: 13 Jul, 2024

Categorías: Culturales

Nada más sublime para el alma divertir que el son, como reza el dicharacho popular. Surgido en medio de la formación de la criollidad y de la identidad nacional, este ritmo expresó sobre todo en la primera mitad del siglo pasado, los anhelos del pueblo y sus deseos de subversión de las estructuras que lo oprimían.

 Darles un repaso a las canciones, a los grupos, los bailes y eventos; es ojear las crónicas más fehacientes de un mundo ya ido. Pero Cuba no ha sabido preservar todo ese caudal de cultura y de hecho en el presente persisten olvidos en torno al son, la guaracha, el danzón, el bolero…Los géneros populares parecen barridos del panorama de la música y solo se les menciona a veces de pasada cuando algún artista dice que lo que hace es “fusión” o sea una mezcla de todo aquel pasado luminoso.

 En realidad, la evolución de la música siempre se dio a partir de procesos de fusión en los cuales lo viejo y lo nuevo tenían una conformación dialéctica y en el que las negaciones no se daban de forma inorgánica y abrupta, sino en una gradualidad propia de lo natural, de lo propio y lo nacido en el seno de un pueblo. Por eso, se podía contar lo que pasaba en el país a partir de sus bardos populares.

 Los historiadores poseen en las letras de aquellas piezas un documento para evaluar el estado de ánimo, los problemas y los abordajes más ciertos de la conflictividad nacional. No en balde, la composición de una pieza como La Bayamesa, está en el crisol de Cuba. No solo se trata del son, sino de todo el panorama de las artes que lo rodeaba y que tenía que ver con un proceso evolutivo y de afianzamiento de la cubanía.

Actualmente existen centros de interpretación de la música y de promoción de los valores de ese sector de la cultura. Como parte del presupuesto, está contemplada la labor de pedagogía y de trasmisión generacional de los méritos de nuestros ritmos. Pero cuando se evalúa el consumo, nos damos de bruces con la ausencia de todo ese proceso y de lo magro de los resultados.

 En Cuba el cultivo del son no solo es cosa del pasado, sino que se ha creado la imagen de que se trata de una música demodé, que no constituye un baluarte para el presente. Y poco a poco en las últimas décadas, ni siquiera sobrevive como fusión con la salsa que tanto nos ha hecho bailar y degustar en las fiestas. De hecho, el reinado del reguetón y del facilismo ha hecho que las nuevas generaciones deploren el acercamiento siquiera a lo que representa lo más puro y brillante de la música cubana. Se imita el modelo de vida de otras latitudes y con ello se importan los ritmos y las visiones mediocres que no solo son impropias, sino que tienen una banalización implícita como parte de su esencia.

El son nos expresa y por ello debería conformar un entramado de acciones desde la institucionalidad que no se detenga en la forma, sino que ahonde en cómo se cultiva desde la base. Las orquestas que están ejerciendo en el país tendrían que poseer un trabajo metodológico en el que se cuide el legado y se enseñe a los nuevos músicos.

Cada instancia de la cultura debería actuar con ejemplaridad y responder a todo un programa en el que no solo se haga son, sino que se explique, se toque y se baile. Y es que con este género se está repitiendo la misma historia que con el danzón, que ya pocos lo disfrutan a pesar de su belleza y de la relación que posee con los valores de un país requerido de reforzar sus estructuras internas desde lo más espiritual y lo más intrínsecamente único.

La nacionalidad se hace de estos detalles, ya sea de un ritmo, de un baile, de una frase. No solo son los mecanismos duros, ni la cuestión visible, sino la metafísica de las eras. Y es que el son no solo expresaba lo que somos, sino incluso en esas canciones de la época del machadato estaba el germen del cambio y del anhelo de un futuro diferente en el cual prevaleciera el humanismo. En tal sentido, el discurso de la cultura es en parte político y posee una hondura que conviene recordar y reivindicar.

Para que el país se levante de los problemas que lo aquejan no solo hay que conseguir la prosperidad material, la de la electricidad y los servicios, sino esa que atañe a la belleza, al placer, a la ancestralidad. Y es que la desmemoria es el origen de todas las caídas y la piedra de toque de las guerras que tienen lugar en el campo de lo simbólico.

Cuando pasen los siglos y se quiera contar la historia de la victoria o de los avatares de una pequeña nación en el vórtice del hemisferio, habrá que decir que supo defender su música. Ojalá ese sea el desenlace de este presente en el cual persisten los choques en torno a la identidad, la soberanía, la cultura. Por lo pronto, se ha reducido con la crisis el número de presentaciones de los artistas y de eventos multitudinarios.

La falta de liquidez obliga a las instituciones a una austeridad que va a tener una expresión en lo que pueden ofrecer. Nada de esto puede afectar la esencia y se impone más que nunca un trabajo metodológico preventivo que no permita la caída de todo el proceso de identificación de las masas con la cultura cubana. En medio de esa batalla, arrecia la influencia de los modos de vida y de las visiones foráneas que no expresan lo que somos como Cuba, pero que, además, representan manifestaciones preclaras de guerra cultural.

 A fin de cuentas, sin el son no puede contarse el presente de la cultura cubana. Es como prescindir de Lezama o de José Martí. Y eso, simplemente, no nos lo podemos permitir de ninguna manera.

Fuente: Cubahora

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