Hay mujeres que sostienen una casa. Otras sostienen una comunidad entera sin siquiera darse cuenta. En Cuba, y especialmente en la Isla de la Juventud, la mujer ha aprendido a ser faro aun cuando el viento sopla fuerte.
Amanece temprano. Antes del café ya piensa en los hijos, en el trabajo, en la comida, en la escuela, en los padres ancianos, en el uniforme que falta por planchar. Sale a la calle con la prisa de quien carga responsabilidades, pero también con la ternura de quien no renuncia a sonreír. Así es la mujer cubana: fuerte sin dejar de ser sensible; valiente sin perder la dulzura.
La historia de Cuba no puede contarse sin ellas. Está la mujer que alfabetizó en los campos con una lámpara en la mano, la médica que ha curado lejos de casa, la maestra que enseña incluso cuando faltan recursos, la campesina que no abandona la tierra, la científica, la artista, la obrera, la periodista, la combatiente silenciosa de cada día. Mujeres que hicieron de la Revolución una causa propia y que entendieron que construir un país también era abrir caminos para las futuras generaciones.
Y en la tierra pinera, la mujer tiene un brillo especial. La mujer pinera conoce de sacrificios y de entrega. Sabe lo que significa crecer rodeada de mar y aun así sentirse inmensamente unida a Cuba. En cada escuela, hospital, emisora de radio, centro cultural o barrio de la Isla, hay una mujer dejando huellas. A veces no aparece en titulares ni recibe aplausos, pero está ahí: organizando, cuidando, enseñando, creando.
La mujer pinera tiene manos trabajadoras y espíritu incansable. Es la que impulsa proyectos comunitarios, la que defiende las tradiciones, la que transforma dificultades en oportunidades. También es madre, amiga, compañera y refugio. Tiene la capacidad de levantarse una y otra vez, incluso en los días más difíciles.
Hablar del Día de las Madres no es solo entregar flores o repetir felicitaciones. Es reconocer años de lucha, de conquistas y de resistencia. Es agradecer a esas mujeres que sostienen la vida cotidiana y que, desde la sencillez, hacen enorme a la patria.
Porque la mujer cubana, la madre cubana no se rinde. La revolucionaria tampoco. Y la pinera, con su mezcla de firmeza y sensibilidad, continúa demostrando que el verdadero valor está en seguir adelante, construyendo sueños colectivos con amor, dignidad y esperanza.




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