El Sucu-Suco es más que un compás; es una declaración de identidad, el latido secreto de la Isla de la Juventud.
Es la música que nace del encuentro entre la nobleza del campo cubano y la alegría inconfundible de las raíces africanas. Su ritmo es suave pero persistente, con una cadencia pícara y vibrante que invita a un baile corto y juguetón, donde los pies apenas se levantan del suelo.
Escucharlo es respirar el aire puro de los patios isleños, es sentir la historia viva de una comunidad que siempre ha encontrado en la música la mejor forma de celebrar su existencia.
Este género, nacido en la sencillez del pueblo, tiene un valor incalculable: es la autenticidad elevada a la categoría de arte. El Sucu-Sucu es el espejo donde la Isla se mira y se reconoce a sí misma, con sus tradiciones intactas y su espíritu de fiesta.
Es el eco de las viejas guitarras y el sonido del güiro que, generación tras generación, ha cimentado un orgullo cultural inconfundible. Es la joya folclórica que distingue al pinero y le da una voz única dentro de la rica polifonía cubana.
Y si el Sucu-Sucu es el alma de la Isla, Ramón «Mongo» Rives Amador fue, sin duda, su corazón y su voz más fiel. Este humilde agricultor se convirtió en el Rey del Sucu-Sucu, dedicando su vida entera a componerlo, interpretarlo y protegerlo.
Con su conjunto «La Tumbita Criolla,» Mongo Rives llevó el ritmo de los patios a los escenarios, asegurándose de que su cadencia jamás se desvirtuara. Fue un guardián incansable que, hasta sus últimos días, se dedicó a enseñar a los niños los secretos de este baile, garantizando así la permanencia de este hermoso legado.
Gracias a figuras como Mongo Rives, el Sucu-Sucu sigue vivo, vibrante y listo para ser bailado. En cada festival, en cada encuentro y en cada acorde de un tres, se reafirma la conexión profunda entre este ritmo y la gente de la Isla de la Juventud.
Es la crónica musical de un pueblo que sabe que su identidad es tan hermosa y duradera como la melodía de su canción más querida.




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