En Vivo

Estancia provechosa para el joven Martí

Publicación: 15 Oct, 2026

Corría el año 1870 y la familia Sarda recibía con mucho respeto al joven José Martí, venia de las canteras de San Lázaro, y aun la herida del grillete sobre sus tobillos marcaban cuanto sufrió el joven en ese lugar.

Pero por suerte llegaba a la finca El Abra, era el13 de octubre. Cuenta la historia que lo ubicaron en la primera habitación de la planta baja, la que quedaba bajo el granero. El cuarto tenía, y conserva, una ventana que asoma a un panorama reparador; uno la ve y no se resiste a creer los rumores de que aquel adolescente lleno de dolor y luz miraba, desde ella, hacia horizontes tendidos más allá de la naturaleza. La familia Sarda lo describe como muy callado y que siempre estaba escribiendo. Iba a Nueva Gerona a buscar correspondencia.

De los ocho que tuvieron, cinco hijos de José María y María Trinidad conocieron a Martí: Rosa, Juan, Catalina, José Regino y Domingo. Nacieron después y se perdieron, por tanto, la visión directa del genio Carmela, José Elías y Conchita.

El joven no llegaba de vacaciones, sino en su condición de preso político y llegaba marcado por el látigo y el odio del presidio colonial. Aunque los presos reubicados no escaseaban en la zona, debió impresionar la juventud del que una tarde bajaba de la calesa de los Sardá, custodiado y todavía atrapado en el grillete.

El 4 de octubre de 1869, en un registro en la casa de la familia Valdés Domínguez, en La Habana, tras la presunta ofensa de sus jóvenes moradores a España, es encontrada una carta, suscrita por Martí, al cadete Carlos de Castro y de Castro, antiguo compañero al que califica de apóstata por unirse a las fuerzas de la metrópoli. El emplazamiento es claro y hermoso: .. no puede faltar a su patria ni a sus deberes como cubano un discípulo de Rafael María de Mendive. Por esa causa, el día 21, Martí es internado en la Cárcel Nacional, acusado de infidencia, lo condenan a seis años de trabajo forzado y el 4 de abril de 1870 lo trasladan al Presidio y lo ubican en la Primera Brigada de Blancos.

Un día después lo rapan, le dan ropa de presidiario y le colocan en el tobillo derecho, unido a una cadena en la cintura, el grillete que tanto daño le haría. El joven fue trasladado a la cantera de San Lázaro, en la sección La Criolla, donde trabajaría y sería maltratado por 12 horas diarias.

Pero quiso el destino que José María Sardá fuera arrendatario de esas canteras. A inicios de agosto de 1870, mientras Leonor Pérez escribe al Gobernador Superior Civil clamando indulgencia para su hijo, menor de edad, Mariano pide a Sardá, quien era amigo del Capitán General, que interceda ante este para reducir el rigor en la pena del joven. Del 28 agosto de 1870 es la dedicatoria a Leonor en una fotografía que no cesa de conmover: «Mírame, madre, y por tu amor no llores: / Si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / Tu mártir corazón llené de espinas, / Piensa que nacen entre espinas flores».

Junto con su deterioro, avanzan las gestiones de sus padres: ese mismo agosto lo ubican en la cigarrería del penal y luego en La Cabaña. El 5 de septiembre, el Capitán General le conmuta la pena por la de ser relegado a Isla de Pinos. El 13 de octubre llega a la Isla de Pinos, en condición de deportado, bajo la garantía personal de Sardá, quien lo lleva a su propia finca.

Vendría entonces u tiempo de recuperación a su salud física y mental. El 6 de diciembre de ese mismo año de 1870, Leonor ruega en misiva al Capitán General que su hijo sea trasladado a España, donde podría continuar estudios, permiso que le conceden el día 12, así que el 18 de diciembre Martí sale de Nueva Gerona hacia La Habana y el 21 recibe pasaporte para el viaje a la península.

Antes del cierre de mes visita en presidio a antiguos compañeros y, finalmente, el 15 de enero de 1871, en el vapor Guipúzcoa, parte rumbo a España. Seguramente en su mente el horror de canteras, pero también el amor que recibió en Isla de Pinos.

Horas antes de zarpar, escribió en una carta a su maestro Rafael María de Mendive: «Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, solo a Vd. lo debo y de Vd. en cuanto bueno y cariñoso tengo».

Tanto como hizo con él el hierro en su cuerpo, José Martí marcaba de lumbre, desde temprana infancia, los sitios por donde pasaba. El Abra no sería lo mismo después de su estancia. En la herrería de la finca le retiraron el grillete que, en cambio, nunca abandonó del todo la piel de su tobillo derecho.

Martí conservó, como recuerdo, sus nudos de hierro. Dicen que, mientras andaba por la vivienda, llevaba los trozos en los bolsillos del pantalón, y que dormía con ellos bajo la almohada.

Con uno de los eslabones de la cadena que trepaba a su cintura Doña Leonor le mandaría a hacer al orfebre Agustín de Zéndegui, en 1887, el anillo con la patria grabada (CUBA) que acompañó desde entonces a su hijo y desapareció con su caída en el remolino histórico de Dos Ríos pespunteando con tres balas al héroe con la leyenda.

En 65 días en El Abra, el paisaje, la ausencia del látigo, el cuerpo ligero y sobre todo, el terapéutico trato de María Trinidad repararían el estado de cuerpo y alma del joven Martí. Allí, leyó la Biblia y se dice que, también, a Víctor Hugo.

Parecía un huésped, no un prisionero, así que buscó varias maneras de agradecer: charlaba que en él siempre significaba disertar, ayudaba al catalán en gestiones y asuntos de papeles y llegó a alfabetizar a sus hijos.

Como todo deportado en la villa, Martí tenía que presentarse cada domingo en la plaza local para el pase de lista de las autoridades penales, pero en la Isla, como dicen todavía con orgullo no solo los descendientes de José María Sardá, sino el resto de los pineros, se salvó la vida de quien luego sería Apóstol y político, poeta y organizador, general y soldado de la independencia de Cuba.

Publicaciones relacionadas

0 comentarios