José Martí no es solo un nombre escrito en los libros ni una fecha marcada en el calendario. Martí es una presencia viva, un latido constante en la historia y en el alma de Cuba. Vive en la palabra justa, en la mano solidaria, en el gesto digno de un pueblo que aprendió a resistir sin perder la ternura. Martí es raíz, es camino, es luz que no se apaga.
El Martí que nos acompaña no es distante ni solemne: es cercano, humano, profundamente sensible. Es el que sufrió el destierro sin dejar de amar, el que convirtió el dolor en pensamiento y la esperanza en acción. Su legado no nació del odio ni de la venganza, sino del amor profundo a su Patria y a los humildes. Por eso su palabra sigue siendo Revolución, porque revoluciona conciencias y despierta corazones.
En cada cubano vive un Martí distinto, pero esencialmente el mismo. Vive en la madre que educa con valores, en el joven que defiende sus ideas con respeto, en el trabajador que cumple con dignidad, en el niño que aprende a querer a su país. Martí vive cuando no se renuncia a la verdad, cuando se elige el bien aun en los momentos difíciles.
Su legado es una ética, una manera de estar en el mundo. Martí nos enseñó que la verdadera libertad se defiende con decoro, que la Patria es humanidad y que la justicia no se negocia. Nos dejó la certeza de que un pueblo que piensa y ama es invencible. Por eso su pensamiento sigue siendo bandera, y su ejemplo, trinchera.
Hablar de Martí hoy es hablar del cubano que no se rinde, que sueña, que crea y que cree. Es hablar de una Revolución hecha de ideas, de sensibilidad y de compromiso. Martí vive en Cuba porque Cuba vive en Martí. Y mientras exista un cubano capaz de amar, de luchar y de ser digno, Martí seguirá andando con nosotros, como un compañero eterno de camino.




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