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La limpieza también es un acto de civismo

Publicación: 20 Ene, 2026

Hay cosas que uno espera ver en la calle: niños jugando, vecinos conversando, el panadero en su bicicleta… pero lo que no debería ser parte del paisaje es ese cúmulo de basura que, como huésped indeseado, se acomoda en cada esquina con una desfachatez pasmosa. Y lo peor: parece que llegó para quedarse, con casa, comida y moscas incluidas.

Lo más irónico es que el carro de la basura pasa. ¡Sí, pasa! No es una leyenda urbana ni un mito de abuela. Lo vemos rodar por los Consejos Populares, haciendo su trabajo. Pero hay quienes, por arte de magia o por pura desidia, logran que sus bolsas de desperdicios aparezcan justo después de que el camión se ha ido. ¿Coincidencia? No lo creo.

Y si alguien pensaba que esto era un mal exclusivo de Nueva Gerona, que se prepare para una decepción. En el poblado de La Fe, por ejemplo, la historia se repite como novela de mediodía: montones de basura que brotan sin permiso, como si fueran parte de una escenografía cuidadosamente descuidada. Parece que “la fe” no solo mueve montañas, sino también vertederos.

El problema no es la falta de recogida, sino la falta de recogimiento… de conciencia. Porque mientras más se insiste en mantener limpias las calles, más parece que algunos compiten por el título de “El Basurero del Año”. Y no hay premio, solo ratas, olores y un paisaje que da pena ajena.

Quizás lo que hace falta no es más personal de limpieza, sino más limpieza personal. Esa que empieza por no tirar el papel al suelo, por no dejar la bolsa en la acera “porque ya hay otras”, por entender que la calle no es un basurero comunitario, sino un espacio compartido que merece respeto.

Así que, si usted es de los que aún cree que la basura se recoge sola o que el camión tiene GPS emocional para saber cuándo usted va a sacar la bolsa, le tengo noticias: no es así. Y mientras no cambiemos el chip, seguiremos viviendo entre montañas… pero no de paisajes, sino de desperdicios.

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