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Juventud cubana: entre la encrucijada y la esperanza

Publicación: 29 Nov, 2025

En la Cuba actual, marcada por una crisis económica persistente y una creciente sensación de incertidumbre, los jóvenes se enfrentan a un panorama complejo. La falta de oportunidades laborales, la migración masiva y la escasez de recursos han erosionado muchas de las certezas que antes sostenían el tejido social. En este contexto, la juventud tradicionalmente símbolo de energía, creatividad y renovación se encuentra en una lucha constante por encontrar su lugar.

Hoy, los jóvenes representan quizás el grupo etario más vulnerable y preocupante. No por falta de talento o potencial, sino porque muchos se ven arrastrados por una realidad que los margina. La necesidad de sobrevivir, la presión por encajar y la falta de referentes sólidos los empujan, en ocasiones, hacia actividades ilícitas. Algunos lo hacen por desconocimiento, otros por desesperación, y no pocos por la ilusión de un camino más fácil en una sociedad que, desgraciadamente, se ve cada vez más sumergida en la droga, la violencia y la desilusión.

No es raro escuchar historias de adolescentes que abandonan sus estudios, se sumergen en la economía informal o, en los casos más alarmantes, caen en redes de delincuencia y consumo de estupefacientes. Estos fenómenos, aunque no generalizables, son síntomas de un malestar más profundo. Como dice el refrán, “cuando el río suena, es porque piedras trae”. Y en este caso, las piedras son la desesperanza, la desmotivación y la falta de horizontes claros.

Sin embargo, sería injusto pintar un cuadro en blanco y negro. Muchos jóvenes cubanos siguen apostando por el estudio, el arte, el deporte y el emprendimiento como herramientas de transformación. Son ellos quienes, con esfuerzo y creatividad, mantienen viva la llama de la esperanza. Pero su camino es cuesta arriba, y no siempre cuentan con el respaldo necesario para avanzar.

Aquí es donde la familia cobra un papel fundamental. En tiempos de crisis, el hogar debe ser el primer refugio, el espacio donde se cultivan los valores, se fortalece la autoestima y se siembran sueños. No basta con señalar los errores de los jóvenes; es necesario acompañarlos, escucharlos y guiarlos. Como bien se dice, “el árbol que se riega desde la raíz, crece más fuerte”. La familia no puede delegar en la calle, en la escuela o en las redes sociales la formación de sus hijos.

Las escuelas, los barrios y las instituciones también deben asumir su cuota de responsabilidad. Es urgente crear espacios de participación real, donde los jóvenes puedan expresarse, proponer y construir. La cultura, el deporte, la ciencia y la tecnología pueden ser puentes hacia un futuro más prometedor, pero requieren inversión, voluntad política y compromiso social.

En definitiva, si queremos que nuestros jóvenes no se pierdan en caminos oscuros, debemos iluminarles el sendero. Porque como dice otro sabio refrán, “más vale encender una vela que maldecir la oscuridad”. La familia, la comunidad y el país entero tienen la responsabilidad y la oportunidad de ser esa luz.

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