En tiempos donde las redes sociales marcan tendencias con una velocidad vertiginosa, emergen fenómenos que impactan directamente en la construcción de la identidad de nuestros adolescentes. Entre ellos, se visibilizan conductas asociadas a los llamados therian y otras manifestaciones que, más allá de su denominación, reflejan una profunda necesidad de pertenencia y reconocimiento.
La adolescencia siempre ha sido una etapa de búsqueda, de preguntas y de redefiniciones. Lo nuevo no es la inquietud; lo nuevo es el escenario. Hoy esa búsqueda ocurre bajo la influencia constante de plataformas digitales que convierten cada proceso íntimo en contenido público. El algoritmo no educa: amplifica. Y muchas veces amplifica lo llamativo, lo extremo, lo que rompe con lo establecido.
El problema no radica únicamente en la expresión simbólica o en el deseo de experimentar. La preocupación surge cuando estas conductas generan desconexión de la realidad, aislamiento social o rechazo de la propia condición humana como forma de validación. Cuando la identidad comienza a construirse desde la presión del “like” y no desde el autoconocimiento, estamos ante una señal de alerta.
Las redes sociales, mal utilizadas, pueden distorsionar la percepción que el joven tiene de sí mismo. Fomentan comparaciones constantes, promueven estereotipos y, en no pocos casos, normalizan desafíos y prácticas que no contribuyen a un desarrollo emocional saludable. En un contexto donde la formación de valores sigue siendo un pilar esencial, resulta imprescindible el acompañamiento familiar, escolar y comunitario.
Buscar identidad no es un error; al contrario, es un derecho y una necesidad. Pero existen caminos más sólidos y enriquecedores: el arte, el deporte, la participación social, el estudio consciente, el vínculo con la cultura y la historia. Nuestra sociedad ha defendido siempre la formación integral del ser humano, y eso implica educar para el pensamiento crítico, para la autoestima y para la responsabilidad.
No se trata de estigmatizar ni de señalar con el dedo. Se trata de comprender los fenómenos contemporáneos sin ingenuidad y de ofrecer orientación oportuna. Las nuevas generaciones necesitan espacios de diálogo donde puedan expresar sus dudas sin burla, pero también recibir herramientas que les permitan distinguir entre una moda pasajera y una decisión que impacta su desarrollo personal.
En medio del ruido digital, la tarea sigue siendo la misma: formar jóvenes conscientes, seguros de su identidad y capaces de construir su proyecto de vida desde la realidad, no desde la virtualidad.




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