Demajagua: un grito alto y claro por la independencia

La consigna de independencia o muerte se escuchó por primera vez en Cuba el 10 de octubre de 1868, día en que el abogado patriota bayamés Carlos Manuel de Céspedes iniciara la primera guerra contra el dominio de España e hiciera hombres y mujeres libres a sus esclavos, desde el ingenio azucarero Demajagua, del cual era propietario en la jurisdicción de Manzanillo.

Unos 500 combatientes formaron la tropa inicial del histórico levantamiento que originó la llamada Guerra de los Diez Años (1868-1878), finalizada sin alcanzar los objetivos supremos de la independencia, pero en cambio convertida en un catalizador de acción en la formación de una nación y un pueblo que aprendió de sus lecciones y errores.

Etapa en la que surgieron, en plena juventud o madurez etaria, grandes figuras, patriotas combatientes irreductibles, cubanos genuinos quienes hoy ocupan lugares cimeros en la historia de la Patria e inspiran a sus compatriotas.

Acompañó a Céspedes en la campaña, desde los primeros momentos, el hacendado manzanillero Bartolomé Masó, quien también libertara a sus esclavos y reuniera una fuerza notable para integrar la tropa improvisada, mal avituallada y sin experiencia militar, solo armada con su dignidad y la voluntad de lanzarse a la manigua redentora.

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Masó llegó a alcanzar los grados de General del Ejército Libertador y fue un destacado participante de todas las contiendas por la libertad, incluida la Guerra Necesaria organizada por José Martí en 1895.

Desde Bayamo, bastión principal de la zona en cuanto a la conspiración revolucionaria, se destacó el patricio Perucho Figueredo, metido en la vorágine de los preparativos del alzamiento, previsto inicialmente para el 14 de octubre. Hubo que adelantarlo pues la metrópoli, avisada, se disponía a apresarlos.

Abogado, escritor y músico, Perucho era en ese entonces autor de la melodía del que sería nuestro Himno Nacional, y diríamos que casi estaba a punto de escribir su letra inmortal el siguiente 20 de octubre, según la tradición. Alcanzó altos grados en el naciente Ejército Libertador antes de caer fusilado por el colonialismo en 1870.

También descolló en esa etapa Francisco Vicente Aguilera, quien encabezaba la Junta Revolucionaria de los dominios bayameses en el instante del alzamiento, cuando Céspedes radicaba en Manzanillo en una suerte de exilio impuesto por sus acciones políticas previas, perseguidas con saña por la Corona. Aguilera murió muy pobre en el extranjero, después de perder una fortuna inmensa por la causa independentista.

Francisco Maceo Osorio y Donato Mármol estuvieron igualmente entre los más connotados bayameses que hoy conforman su retablo de héroes.

A muy pocos días del comienzo de la contienda, la madre cubana Mariana Grajales, una mestiza libre que residía con su familia en las cercanías de Santiago de Cuba, reunió a sus hijos y los hizo jurar, arrodillados ante un crucifijo, que lucharían hasta morir por la libertad de la Patria, si era necesario.

Así es leyenda el nacimiento de la saga de Mariana Grajales, hoy Madre de la Patria, y los gloriosos Maceo, sus descendientes, casi todos combatientes, entre los que brillaron el Lugarteniente General Antonio Maceo, caído en combate en la campaña del 95, con una trayectoria épica increíble, en la cual sobresalió, además, por su ética e intransigencia revolucionaria. Su hermano, el impetuoso y valiente General José, murió dando batalla en la última contienda. También este se forjó en el 68.

A partir de aquel convocante 10 de octubre de 1868, pocos días después llegó a las filas insurrectas el emigrado dominicano Máximo Gómez Báez, protagonista de un fulgurante ascenso por su experiencia militar como ex miembro del ejército español en su país y su valentía e inteligencia extraordinarias. Estratega brillante, junto a Antonio Maceo, ostentan las trayectorias más destacadas en la práctica combativa de los primeros libertadores de Cuba, incluso reconocidas internacionalmente.

Y qué decir del memorable Mayor Ignacio Agramonte y Loynaz, abatido en los llanos de Jimaguayú en 1873, rebosante de juventud y de coraje combativo, después de haber mostrado desde su Camagüey natal dotes de organizador revolucionario y de haber liderado y vencido en múltiples enfrentamientos contra el enemigo en su región.

En Demajagua, junto con el grito de independencia o muerte, nació la única Revolución que ha conocido la tierra cubana, dedicada a la lucha por la libertad y la soberanía, algo reconocido por el Héroe Nacional José Martí y por el Líder Fidel Castro en 1968, en la celebración del centenario de tan magno acontecimiento.

Una Revolución y una causa que mostraron algo sin precedentes al declarar desde el inicio la liberación de los esclavos, sin mediar condiciones, y el enunciado moral que los igualaba a todos los habitantes, refrendados en la Proclama de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, más conocida como Manifiesto del 10 de octubre.

Cuentan que Céspedes, venerado hoy como Padre de la Patria, escribió y leyó la Proclama a los enardecidos y futuros soldados reunidos en su ingenio, convocados velozmente a lanzarse a la campaña ingente.

Sin embargo, la primera acción por los aires libertarios pasó a la historia con el nombre de Grito de Yara porque fue en esa localidad, más allá de Manzanillo y rumbo a Bayamo, donde el recién nacido Ejército Libertador tuvo su encuentro inicial con el enemigo en un combate que perdió y causó la dispersión de la inexperta tropa.

Solo quedaron 12 soldados mambises, que Céspedes consideró suficientes para no rendirse y continuar.

Tuvo razón, pues muy poco después se sumaron mayores adhesiones de criollos patriotas y revolucionarios venidos de distintas partes de la región costera de Manzanillo, Bayamo, el valle del Cauto y todo el Oriente. Y pudieron marchar al asalto de la importante plaza bayamesa el día 18, con resultados increíbles el famoso 20 de octubre, en que tomaron triunfalmente la ciudad.

Casi tres meses después con el asedio, quema y caída de la capital de la República en Armas -Bayamo- Céspedes y sus seguidores no se rindieron y continuaron la lucha. En 1869 la región camagüeyana de Guáimaro sirvió de alguna manera como punto de unión de los fundadores de Oriente y el Centro.

Continuando la vocación primigenia de apego a la ley y el civismo en abril de 1869 nació la primera Constitución, la cual proclamaba la igualdad de todos los cubanos ante la Ley. Como primer presidente de la República fue elegido el Iniciador, Carlos Manuel de Céspedes, abogado de oficio, hombre culto y librepensador, con un ideario avanzado en cuanto a la justicia y la igualdad social.

Fue un prócer portador de un pensamiento totalmente nuevo al proclamar que la sociedad cubana que se erigiría, no solo sería libre desde las filas de los combatientes, sino en la construcción de un mundo nuevo. Y sería solidaria con naciones del mundo necesitadas. Algo que hoy deja pensando y también se siente como una luz guía.

Diez años después, errores como el caudillismo, las indisciplinas, la falta de unidad, intrigas, traiciones y otros factores de peso como la escasez de recursos en armamentos y vituallas, llevaron al traste el sueño de los patriotas cubanos.

Esto a su vez condujo a la ignominia del Pacto del Zanjón. Sin embargo, Antonio Maceo salvó el honor de los buenos combatientes criollos y el sentimiento de todo un pueblo, al hacer la histórica Protesta de Baraguá.

El proceso iniciado aquel 10 de octubre en Demajagua aceleró, a criterio de algunos sociólogos, el proceso de forja de la identidad nacional que ya había mostrado sus primeras credenciales desde fines del siglo XVIII. Es, pues, una fecha Patria connotada, también conmemorada en el presente como Fiesta Nacional.

Tomado de ACN

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