Roberto Faz, mito y realidad del sonero blanco

Ser profeta en tierra propia no es cosa de todos los días. Pero hay nombres en la cultura de los pueblos tan unidos a su vida cotidiana, que brillan con esa idiosincrasia en los más exquisitos escenarios mundiales.

Fue así como Roberto Faz devino la voz de Regla, pintoresca localidad habanera, tan pequeña en tamaño como inmensa en aportes a la música, el folclor, el arte y la historia nacional.

La simpatía que emanaba del ídolo provenía no solo de su natural sonrisa y excelencia melódica, también de su sencillez al actuar ante los auditorios y para alternar con los vecinos de la comunidad que lo vio nacer, crecer y triunfar.

Integrante de varias agrupaciones, cuando el son señoreaba en nuestra capital, auguraba el futuro prometedor del adolescente inquieto, quien aprendió rápido sobre música con otro cubano grande: el trompetista Félix Chapotín.

La multiplicidad de géneros que interpretaba lo hicieron dueño de grandes salones nacionales y acreedor de importantes reconocimientos como el de cantante exclusivo de la famosa CMQ. 

Sin dudas, su integración al Conjunto Casino de Roberto Espí, con las voces de Rolito Reyes y Agustín Ribot, lo catapultó al estrellato. Estados Unidos y otras naciones, al conocerlo, dieron fe de su inigualable talento.

Sin embargo, la verdadera leyenda comenzó con el surgimiento del Conjunto Roberto Faz, dirigido por el notable cantante y cuyo debut fue en el Liceo de Regla, con un bailable que hizo época.

El hombre maravilloso, nacido el 18 de septiembre de 1914 en el ultramarino poblado habanero, falleció a los 52 años de edad y se convirtió en mito. Su orquesta no dejó que se apagara su estilo y tampoco el terruño, que lo evoca como uno de sus hijos ilustres.

No pocos de sus contemporáneos y de los estudiosos del arte sonoro en la mayor de las Antillas destacan la genialidad de quien Benny Moré denominó como el sonero blanco de Cuba.

Tomado de RCH

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