Falsa inclusión en las pantallas de Disney

Disney acaba de sacar el tráiler de una película de La Sirenita donde la protagonista es afrodescendiente. De inmediato las redes estallan en polémicas, de un lado y de otro llueven las acusaciones de eso o de lo otro, las encendidas defensas o los rechazos más oprobiosos. Un simple dibujo animado levantó la polémica en torno a los símbolos de la cultura popular y de consumo y cómo ello impacta en las masas y en las percepciones que la gente posee sobre lo moral, lo justo y lo bello.

Más allá de la disquisición en sí misma, el caso amerita un análisis en el cual se tengan en cuenta las variables que están sobre la mesa y que no siempre los grandes medios exponen, debido a que están más entusiasmados con hacer dinero fácil a partir del tráfico de internet.

Es cierto que buena parte de los personajes de Disney históricamente son blancos y occidentales, pero no significa que –como plantea la nueva moralidad woke– se haya hecho así como un mecanismo consciente para borrar a las minorías y colonizar el planeta. El trabajo de la industria en cuanto a dominación cultural es mucho más complejo que eso y nunca es abordado por las cadenas de noticias, ni se le desmonta en Occidente, donde tanto poder poseen.

En realidad de lo que se trata es que las compañías repiten en el presente un modelo simplista, pero que les ofrece dividendos: el de crear la polémica, hacer ganancia con la confrontación y avivar de esta forma el dividendo social y la polarización. Lo importante, desde un punto de vista igualitario, no es si la sirenita como personaje es blanca o negra sino que trasmita valores, entre ellos el antirracismo, la igualdad y el amor, pero de forma orgánica y no impuesta, de manera natural y fluida, como suele ocurrir en los cuentos antiguos. Forzar el formato es una forma más de ser racistas y sexistas, ya que se ve a las claras que se intenta cumplir una agenda por otros intereses que no son humanitarios.

Y es que existe una promoción de una falsa inclusividad desde los centros de poder en el mundo, los cuales se han apropiado de los derechos de las minorías para crear valladares ideológicos en función del gran capital. Ya no se trata de la igualdad de razas, sino de que una (la negra) actúe con revanchismo contra la otra (la blanca).

Pareciera que el sistema no entendiera la justicia de otra forma que haciendo injusticia, aunque este axioma no se haya demostrado ni esté presente en los titulares de los medios ni de las plataformas que ahora mismo hacen dinero con la ideología de la falsa inclusión, acusando de machista o de homófobo a cualquiera que simplemente no les compre sus productos culturales. El mercado es así, su ganancia está primero y ahora mismo las ideas de cierto progresismo son mercancías.

Vemos  sensiblería pagada y puesta al horno como si fuese comida rápida. Si usted no se conmueve con la “grandeza moral de Disney” es porque es un idiota, un antipático, un racista que no desea el progreso social. Habría que ver si la compañía mantiene sus acciones sobre esas fábricas de prendas con motivos de los dibujos animados, que mantenían en los años 90 del siglo pasado a cientos de niños esclavos en el tercer mundo, como piezas desechables en las cadenas de producción.

También, por qué en lugar de un simple juego inclusivo no dona más dinero a causas realmente acuciantes como orfanatos, madres en gestación con peligro para su vida y la del bebé, personas vulnerables…Hay todo un largo rosario de cuestiones que no son resueltas con un dibujo de piel cobriza que a fin de cuentas no es un ser vivo ni va a cambiar el mundo, a duras penas genera polémica y dinero para los dueños de la franquicia.

¿Quiere esto decir que está mal representar las historias de las minorías?, para nada, en realidad lo que es un asco es la financiarización de esa verdades duras, su banalidad del mal empozada en ventas al por mayor, la forma irrespetuosa con que se pretende darles solución a esos lares poco luminosos de la historia colonial. Pareciera que debemos rendirle tributo a Disney por algo que no significa nada ni tiene una utilidad real, sino que es un personaje más, un dibujo más, sea cual sea su piel.

De hecho, para ser antirracistas, lo más importante no debe estar en tu cuerpo, tus atributos innatos, sino en aquello que hace único a un ser y ello reside en los valores, la conducta, el talento y la utilidad de la persona para con los demás. Eso Disney, con sus patrones basados en la competencia, el mercado y la venda, con su darwinismo social, no lo va a reflejar jamás, pues va contra los intereses de ellos mismos.

Para los amos del mundo, lo necesario ahora mismo es dejar a las minorías huérfanas de ideas en sus luchas particulares, absorbiendo todo en una amalgama sin forma que se da en llamar agenda progre, cuya esencia es vender una falsa libertad como mercancía, como non plus ultra, como modelo de sociedad abierta y de moral efectiva.

De lo que se trata no es de destruir los dibujos y los cuentos para niños, sino de que las narrativas sean honestas y conduzcan a la parte más luminosa de la especie. No interesan las identidades, sino las esencias y esa es la trampa de las luchas ahora colonizadas por Occidente.

Que si eres hombre no puedes hablar, si eres blanco debes bajar tu perfil, si eres heterosexual otro tanto. Lo woke no ayuda, sino que empobrece, porque de los problemas de discriminación no se sale discriminando. Y en todo esto hay una gran trampa que no se ha disuelto, la del capital, que solo sabe hacer cosas a partir de la violencia ya sea abierta o enmascarada. Es el sistema el que reproduce todo lo que es nefasto y le da una aureola de justicia para santificarlo. Ahora estamos viendo  solo un episodio más de la estrategia de dominio cultural.

Solo que los elementos están girados en torno a la agenda de la inclusión, reventándola por dentro, haciéndola poca inclusiva, llevándola a la némesis para que pueda ser negada, derrotada y olvidada. Como le conviene a los poderosos que están en las huellas de estas nuevas manipulaciones.

La Sirenita narra una historia de amor entre dos mundos que se hallan distantes y son no solo enemigos, sino que poseen naturalezas constitutivas dispares. La fórmula del amor como una unidad que vence esas barreras es más que consabida, pero para la compañía no era suficiente, tenían que generar la polémica de moda, llevar un tema formativo de generaciones y de los niños al plano político y de mercado, hacer de todo un show para que los magnates queden bien como supuestos progres y hagan su pan.

Por ese camino, han hecho otro tanto con los héroes de Marvel o con cada una de las grandes historias adaptadas por Netflix. ¿El resultado? El boicot por parte de la gente, que está harta de manipulación e hipocresía y que quiere superar sus defectos y discriminaciones, sin que se generen otras sombras extras que resulten funcionales a los de siempre.

¿Tendrá esta edición de la falsa inclusividad otras entregas a partir de otros temas clásicos de Disney? Si la polémica da resultados sí. A fin de cuentas, hay que recordar a Dalí cuando dijo que lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien.

Tomado de cubahora

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