Territorio de la espiritualidad, la cultura es ancla de la nación. A ella nos debemos, ante todo, afirmó la ensayista e intelectual cubana Graziella Pogolotti, en su artículo Cultura y nación, publicado este domingo por el diario Juventud Rebelde.
“Soñábamos con participar en la construcción de una nación mutilada. Vivíamos en la soledad y el aislamiento. El Golpe del 10 de marzo había aniquilado las últimas ilusiones asentadas en la posibilidad de solucionar los problemas más acuciantes mediante la implementación de reformas dentro del sistema”, recordó la también Premio Nacional de Literatura (2005) y presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura.
En su artículo, Pogolotti añadió que el rescate de la plena soberanía, con la recuperación de los bienes del país, se articuló por necesidad con el indispensable florecimiento de una cultura entendida como factor de cohesión social, que se sostiene en el reconocimiento de los valores edificados a lo largo de un prolongado decursar de luchas, instantes de plenitud y momentos de desencanto.
En tan difíciles circunstancias, los escritores y artistas, desafiando la miseria y el abandono, no dejaron de hacer obra. Ahí está. Reposa en nuestras bibliotecas y museos, en libros que amarillean y en las páginas de publicaciones periódicas, siempre precarias y de escasa difusión, expresiones de un tozudo empeño por hacer, comentó.
La cultura se edifica a través de una dialéctica de mutuo reconocimiento. Para cumplir ese propósito, el cine móvil franqueó el valladar derivado de las amplias zonas de silencio todavía existentes en el país. Así, por primera vez, llegó a muchas zonas campesinas. Garantizó una política de exhibición en las salas de cine, donde se presentó una muestra plural de lo más valioso de la cinematografía de la época, manifiesta.
Señaló que camino similar siguieron las estrategias en torno al fomento de los hábitos de lectura. El triunfo de la Revolución, la Campaña de Alfabetización y la asunción consciente del destino de la nación despertaron un poderoso afán de reconocimiento.
Viví los tiempos de la soledad. La conocí en un hogar donde los artistas compartían las angustias del empecinamiento en seguir haciendo obra a pesar del silencio y la adversidad. Compartí con mis coetáneos la lectura de manuscritos que tan solo habrían de ver la luz después del triunfo de la Revolución y frecuenté los precarios cineclubes destinados a proseguir el aprendizaje, aunque se careciera de vías de realización inmediata, relató.
De ahí que la esencia de la obra cultural de la Revolución haya consistido en construir un interlocutor para la creación artística. En ese contexto, los intelectuales encontraron su razón de ser y asumieron, como corresponde, su responsabilidad ante la sociedad, expresó en su artículo.
En el camino no han faltado malentendidos, interferencias dogmáticas y tropiezos burocráticos. En las etapas más complejas, el diálogo ha permitido superar escollos, en el entendido común de que se trata, ante todo, de salvaguardar las conquistas de una Revolución asediada, concluyó la vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y miembro de la Academia Cubana de la Lengua.
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Fuente: Redacción central, tomado de Juventud Rebelde.








