Fidel en el jardín de una noche

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Hoy, a cuatro años de la partida física del Líder de la Revolución Cubana, un tuit sugiere contar anécdotas que guarda el corazón: “Sobre Fidel, al pueblo de Cuba le nacen muchas historias. Cuéntanos aquellas que crees mejor describan su personalidad”, propone la publicación en la red social.

Y he aquí, en el sitio digital para el que trabajo, la evocación de una noche en que vi cantar al Comandante junto Silvio y el pueblo; y aplaudir al compás de las palmas de todos; al compás de mis palmas.

Cuando yo tenía veintitantos años, como casi todos los jóvenes de mi generación,  había vivido muchos más momentos de alegría que de tristeza. Entonces no pensaba en pérdidas ni adioses; mucho menos entre el círculo de la familia y los otros afectos que se suman por afinidad, admiración o agradecimiento.

Era 1990, año en el que por razones de trabajo me encontraba en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona de La Habana, y del que guardo gratos recuerdos. Uno de los más entrañables viene del concierto que ofreció Silvio Rodríguez acompañado de Irakere en el estadio Latinoamericano, sitio que ese día abrió las puertas desde muy temprano.

Aunque la cita estaba fijada para las nueve de la noche, la multitud se hizo de su espacio bajo el tórrido sol porque decían que Fidel iba a estar; algo de lo que me aseguré por los cintillos en la frente de muchachas y muchachos con frases escritas que aludían a la UJotaCé fiel al comandante, y por el ondear de miles de banderas en los flancos del mediodía.

Pasaron las horas, llegaron el ocaso y las estrellas; y entonces se hizo la primera clave de sol. En el concierto Silvio cantaba ‘En el jardín de la noche’ y en el Coloso del Cerro todos corearon las aspiraciones y promesas del estribillo:

 “Pero yo / Quiero ser de noche el dueño / De los ojos, de la altura, / Y he de fundir la montura / Para galopar mi sueño.

“Volaré, / Tengo que domar el fuego / Para cabalgar seguro / En la bestia de futuro /Que me lleve a donde quiero”…

Así fue con ‘Boleros y habaneras’ y ‘Verbos en juego’, desentonando no pocos, pero todas las voces unidas por amor a la poesía hecha canción.

Después, en la mitad de un acorde de ‘Por quien merece amor‘, rompieron, interminables, los aplausos. Fidel apareció en el terreno y se situó frente al escenario improvisado donde regalaban su arte el cantautor cubano y la icónica orquesta.

Yo, que me había conseguido una credencial de prensa y un lugar privilegiado cerca del túnel por donde suelen entrar los atletas al terreno, lo vi entrar, saludar con su diestra hacia todos los ángulos del cuadrilátero-auditorio, y después lo vi cantar, pudiera jurar que con la actitud de cualquier joven amante de la farándula y lo mejor de la trova en Cuba.

Casi cierra 2020. Del inolvidable concierto hace tres décadas. En la memoria están los días felices, pero también los tristes de una vida: mucho se ha roto entre lo más querido de cada uno nosotros; y hace cuatro años vimos partir a Fidel, aunque el adiós gravita en tiempo como una despedida que no quiere ser verdad.

Por eso hoy me aferro a los buenos momentos. Entonces lo veo en todas partes como en el jardín de aquella noche. Como si Cuba, en vez de resistencia y lucha diaria por la vida, fuera un aplauso cerrado tras su llegada.

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